Esto es lo que uno ve en La Casa de Rafa, Restaurante a oscuras.

Esto es lo que uno ve en La Casa de Rafa.














No cabe incluir fotos que prueben lo vivido. Simplemente no las hay. De experiencias irrepetibles, ésta es, lejos, una de ellas: COMER COMPLETAMENTE A OSCURAS. Es posible que alguna vez por accidente hayamos tenido que llevarnos algo a la boca porque se cortó abruptamente la energía eléctrica, pero nadie planifica un almuerzo o una cena sin la luz del día, o luz artificial por tenue que fuera. Hemos disfrutado en familia tanto de un domingo al mediodía, y celebramos haber decidido no cocinar en casa como acostumbramos, para ir a la Casa de Rafa, una construcción de techo vivo, enclavada, para quienes lean estas líneas desde otros rincones del planeta, en pleno Ilaló, cerro a 40 minutos de Quito, desde cuya cumbre se puede apreciar una vista de 360 grados de la Cordillera Andina. En la década de 1960 se encontraron piezas arqueológicas fabricadas en obsidiana, las cuales aportaron información sobre los primeros habitantes del Ecuador. La obsidiana era usada como ornamento o herramienta y en ciertas culturas de la Edad de Piedra, era muy valorada, porque con ella se podían hacer cuchillas muy afiladas, usadas como cuchillos, lanzas o puntas de flechas. Incluso se han descubierto instrumentos quirúrgicos precolombinos hechos de este material. Actualmente, se utilizan cuchillas de obsidiana en las cirugías cardíacas y oculares porque su filo es mucho más delgado que el de los escalpelos de acero, siendo hasta cinco veces más afilados que éstos últimos. Los cortes hechos con las cuchillas de obsidiana son más finos y provocan menos daño al tejido orgánico, eso permite que las heridas quirúrgicas sanen rápidamente.

Con esta rica historia del lugar, Rafael, el dueño, un amable ecuatoriano, de padre suizo y madre alemana, respondió al bombardeo de preguntas y nos guió hacia la cueva a 12 metros bajo tierra, cabada a mano durante algunos años. Dio instrucciones obvias, guardó todos los celulares, cámaras y objetos que brillan y listo. Nos esperaba el jefe de meseros no videntes a quien en una especie de fila india seguimos para tomar, torpemente, ubicación en la mesa reservada. Ni un halo de luz, absolutamente nada de claridad. Wilmer, un nombre que difícilmente podremos olvidar, nos dio la bienvenida; indicó cada cosa que estaba en la mesa y detallo sin titubear todo el menú que incluía la opción de platos sorpresa, los que finalmente elegimos para poner a prueba nuestras papilas. Después de un razonable tiempo de espera llegó la entrada y allí empezó realmente la aventura de definir qué nos habían servido. Más de una equivocación por supuesto, más de una cuchara o tenedor vacíos dirigidos a la boca….., qué divertido; casi se desata una risa nerviosa por la impericia de nosotros los seres “normales” frente a cosas tan simples comparadas con su impecable desenvolvimiento y su prodigiosa memoria. Luego el plato fuerte, el mío era un churrasco, es decir, papas fritas, carne picada para ahorrar la vergüenza de no poder cortar y un huevo frito que lo levanté entero y chocó contra mi rostro. Burdo detalle que me animo a poner en evidencia, sólo para ilustrar el impacto de no ver, de carecer un par de horas de algo tan vital, de entender a las personas con capacidades especiales en general, de soñar con un mundo sin barreras para ellos.

El postre lo tomamos con Rafa en el restaurante de arriba y le dijimos que valió la pena el contacto con seres maravillosos que nos brindaron un excelente servicio y nos dejaron una huella imborrable en el corazón, huella contagiante de amor al trabajo, huella de una genuina alegría de vivir.

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